GARA, 11/02/99

      A Federico Krutwig, "Sarrailh", el amigo

      Mikel Orrantia Diez Escritor y periodista

      Pensé: es mejor que pase el tiempo. Al conocer tu fallecimiento, de inmediato, mis sentimientos fueron contradictorios. Hoy ya no. ¡Por aquellos años intensos, jóvenes y fuertes (1965-80); sentidos; de huellas imborrables en la memoria: por ellos brindo al despedirme de ti, viejo amigo! Te vi después, por las calles y librerías de Bilbao, caminabas ya con la vejez a cuestas; activo caballero de la cultura, adalid del conocimiento y del saber como elemento liberador fundamental; pero era ya la tuya una triste estampa, como siempre fue explosivo tu temperamento. Claro que ya nada es igual para nadie. Tampoco para ti, ni para mí, Federico. Hoy te recuerdo con agradable afecto. He guardado las reseñas in memorian, publicadas tras tu fallecimiento por tus amigos y conocidos, junto a tus libros y folletos, algunos dedicados; hoy me decido finalmente a escribirte porque quiero decir de ti cosas aún no escritas que seguro ayudarán a tus amigos a comprenderte y apreciarte aún mejor.

      Desde luego, fuiste un nacionalista vasco, rebelde y a veces revolucionario, con una notable contribución crítica a la forma de ver este país a la salida del cementerio de la paz franquista. Cuando las losas de las viejas tumbas se abrían, una vez más, en la vieja historia de los hijos de Euskal Herria, para dejar salir a una nueva generación de jóvenes rebeldes que empuñaban las viejas carabinas de Gastibeltza (Marc Legasse).

      Tus tesis no fueron, desde luego, las que en política más nos permitieron avanzar; otros vinieron y otros les seguirán, después de ti, de mí y de muchos más, contribuyendo a ello. Somos como granos de arena haciendo la masa que luchan por construir proyectos sociales, para, después del enorme esfuerzo, en ocasiones, ver cómo duran apenas un día de la historia de la humanidad; pero somos, que ya es algo, y unos más que otros. Como tú, Federico, de entrañable recuerdo. Porque, de todas las imágenes que de ti conservo y comparto a menudo con mi compañera, me quedo con ésa en la que bailas el "casachó"en nuestra casa de Bruselas, intentando enseñarle los pasos a nuestro hijo Orkatz ("Orka-tzio"para ti, como le decías en aquella época tuya, tan italiana) que aún andaba a gatas y se reía contigo como con un enano de fina inteligencia y menor humor. Eras un oso enorme, con más información en tu cabeza de la que un sabio puede llegar a asimilar y emplear en dos vidas. Probablemente te faltó tiempo para digerirla y emplearla toda. Por eso, también, siempre digo que cada vida son varias, según los ciclos y experiencias que nos tocan o hacemos vivir; la tuya (y la mía) me lo confirman. Que nos dejen decir como el poeta: ¡al menos vivimos!

      Disfrutamos de tu amistad y fuiste huésped de nuestra casa durante algunos de aquellos grises días belgas invernales del forzado exilio. Nos regalaste tu sabiduría, tu atropellada conversación y tu amistad (por ejemplo: cuando con pasión científica y ante nuestro estupor e interés mezclado, nos contabas tus últimas averiguaciones sobre el apareamiento de determinada especie de peces de colores en un perdido rincón cualquiera del Pacífico; o, sobre la desaparición de los glaciares en el Norte de Italia, lugar donde disponías de un rincón apacible, en el que, ocasionalmente, desaparecías para curarte de las turbulentas relaciones personales del exilio nacionalista radical, según contabas). Y nosotros, a nuestra vez, te dimos nuestro calor y confianza.

      Pero, en política coincidíamos poco... Esa fue por desgracia tierra fértil, fácil de sembrar, para la cizaña... y un día te perdimos; fue antes de tu muerte. Una más. Como tantas otras oportunidades de amistad y de amor truncadas, en la azarosa trastienda personal del activismo político de los militantes que fuimos, durante varias décadas de la primera segunda mitad de este siglo que ahora finaliza, y que ha visto enterrar tantas esperanzas humanistas como realizarse algunas otras impensables ayer.

      Quiero, no obstante, quedarme con la vivida imagen de una cálida, casera, tarde de invierno en nuestro hogar de Bruselas. Contigo entre nosotros, como amigo e invitado siempre bien venido. Tu memoria, parte de ella, ya es mía, nuestra, porque forma parte de las anécdotas amables de nuestra vida familiar. Como es también parte de la de tantos otros que militamos en aquel viaje fundamental a ninguna parte, de aquella revolución (la del hombre nuevo, en nuevo mundo, en una nueva ilustración humanista) que tanto quisimos y perdimos, y que, en ocasiones como ésta, añoramos.

      Por encima de las diferencias, al lado del calor del clan, del recuerdo grato, y de la amistad que más vale. Un saludo, viejo amigo.

      Que la memoria de sus gentes y nuestra tierra vasca, que tanto amamos tú y yo, y otros muchos, de tan distintas formas, te sea leve, y a nosotros también; como decimos los libertarios.

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